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De modelo nada

3 de febrero de 2023

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Nada nuevo decimos cuando la hipertarifada y repetitiva propaganda occidental presenta a Estados Unidos como modelo a seguir, pero, realmente, muy poco bueno tiene que exhibir, independientemente de las riquezas que le dan ventajas y atraen a miles de personas de países que son explotados por el propio Imperio.
Allí, durante años y años, las encuestas revelan que alrededor del 76% de las personas viven insatisfechas, pero nada consecuente se hace para salir de una situación en la que los ciudadanos molestos reconocen que el sistema político “parece funcionar solamente para los que tienen poder y dinero, como aquellos que están en Wall Street o en Washington”, según una encuesta de National Brodcasting Corporation y el diario “The Wall Street Journal”.
Los actuales problemas internos que abarcan las secuelas dejadas por la pandemia del COVID-19 (que aún continúan), la inflación, la falta de detención médica a los más necesitados, las deudas millonarias de los estudiantes universitarios y los constantes abusos que violan los derechos humanos que dice el Imperio que defiende, ahoga a esa nación.
Ello se agrava con que es la principal responsable de la crisis climática, crea y expande guerrea por doquier para beneficiar a la industria armamentística y se niega a poner coto a la venta de armas a los civiles que incide peyorativamente sobre la salud mental, que se dilucida en tiroteos a diestra y siniestra, exacerbación del racismo, la xenofobia y la política de odio, que por estos días descuella en sucesos donde la bestialidad policial desborda límites inimaginables.
Ese modelo, por supuesto, no es el que se debe seguir, pero es el que presenta la que se consideras la mayor democracia del mundo, que es solo para quienes detentan el poder, no para los subordinados a él.

 

UN DESTINO SIN MANIFIESTO

Esa nación septentrional es presentada por quienes la dirigen como un referente democrático, cultural, político y económico para el mundo, pero, como apuntamos antes, no lo cree ni su propia sociedad.
El modelo se sigue desguazando al ritmo implantado por la anterior administración de Donald Trump y que hoy sigue Joe Biden por mucho que lo disfrace.
El descrédito del llamado “modelo estadounidense” es evidente. Un país construido sobre mitos fundacionales como, por ejemplo, aquel que habla del destino manifiesto o el ser luz y faro del mundo libre, pilar de la “democracia representativa”, se ha desmoronado con estruendo a la luz de los acontecimientos actuales de arbitrariedad y brutalidad policial, violación de las libertades civiles, sobre todo de las minorías de negros y latinos, unido a una creciente hispanofobia.
Y si toda esta parafernalia se mantiene en el plan interno es por una serie de parámetros jurídicos que impiden el surgimiento de alternativas y, en caso de necesidad, mediante trucos y manipulaciones que incluyen el uso de máquinas de votar cuyo buen funcionamiento es imposible de verificar.
El analista Pablo Joffre Leal señala que la propaganda esconde las rarezas de las instituciones estadounidenses. Estas últimas prevén, por ejemplo, “la elección del presidente por parte de un colegio designado por los gobernadores de los Estados (en vez de una elección de segundo grado, como recordó la Corte Suprema en el 2000, cuando se negó a tener en cuenta los votos de los ciudadanos de Florida). El sistema tampoco tiene un carácter republicano ya que rechaza el concepto de «interés general» tildándolo de totalitario y le antepone la noción de coalición mayoritaria de grupos de presión”.

 

CORRUPCIÓN PARLAMENTARIA

Esta filosofía conduce a la institucionalización de los grupos de presión (también llamados lobby o grupos de cabildeo), con lo cual se admite, aunque no lo llama así, la corrupción de los parlamentarios.
Más allá de los partidos gemelos demócrata y republicano, existe una contestación interna de larga data. Esta conoció un amplio desarrollo durante los mandatos de George W. Bush, cuyo estilo de cowboy hacía demasiado evidente el control policial sobre la población y las injusticias sociales.
A pesar de haber sido calificada hasta entonces de “antiamericana”, esa contestación logró legitimidad al poner de relieve las numerosas violaciones de los ideales estadounidenses que cometía la administración Bush, desde sus aventuras coloniales hasta su justificación de la tortura.
Obama marginó nuevamente la contestación interna, pero ninguna de las críticas de fondo que esta planteaba encontró respuesta en la anterior ni en la actual administración.

 

CONCLUSIÓN

En el actual contexto de crisis económica están resurgiendo profundas fracturas sociales, que datan de antes de la Guerra de Secesión, que se expresan tanto a través de la rebelión fiscal y de la condena popular contra el mundo de las finanzas, como de tendencias separatistas, sin olvidar los conflictos étnicos. Es precisamente de esos movimientos contradictorios y de su correlación de fuerzas que depende la capacidad de Estados Unidos para reformarse o dislocarse.
Pero hasta ahora no hay nada de eso en una nación donde todo empeora y ese malestar lo trata de llevar al resto del mundo, con notorios fines hegemónicos. Pero ese es un tema para otra ocasión.

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