Monólogo a los museos
18 de mayo de 2022
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Son muchas las anécdotas e imaginarios que reservan en su interior los grandes palacios del conocimiento y la memoria. Sus famosas salas se han convertido en el olimpo mágico que expresa en objetos, murales, muebles, pinturas, retratos, colecciones de la flora y la fauna, y tantos otras expresiones simbólicas, la celebridad de un carácter que identifica a la vida y al pensamiento de toda una herencia cultural conservada y aprehendida a lo largo de la historia.
Durante años, el nombre del museo ha significado el templo de las musas en el Panteón, y por extensión, el derecho también a la existencia de un espacio ideal, muchas veces compartido con las artes literarias, la academia y la biblioteca, tal como sucedió en Alejandría. Un sitio convertido en la voz de la historia grecolatina, que con posterioridad se iría extendiendo por el mar y la tierra en el planeta.
Así, un tiempo después, los museos han seguido asistiendo al prodigioso proceso creador del hombre, para significar en los valores singulares y universales de una cultura, la calificación de ser guías ideales para los más jóvenes. En ese afán de conquistar las emanaciones del alma para interactuar con las maravillas más sagradas de épocas pasadas y actuales.
Más han sido los museos, la partitura de toda una creación divina con el saber y el ejercicio de la virtud. Su firmamento ha derivado en la motivación y la afirmación de su contenido semántico, y a la vez, en la acepción moderna de la palabra que como el néctar de la propia naturaleza provocó su mayor esplendor en el Bajo Renacimiento.
Precisamente, el humanista Paolo Giovio emplearía la palabra Museum para describir sus colecciones y disponer de ellas, en el edificio que las albergaba, muy cerca del lago Como.
Fue entonces –aproximadamente a fines del siglo XVI– que se construyó el primer edificio destinado a exponer una de las mejores colecciones privadas de ese período de la civilización humana. Se trataba entonces de la ampliación del Palazzo de Giardino de Sabbioneta, cerca de Mantua, donde en su interior podían ser vistas grandes estatuas, bajo relieves y bustos.
Pero esta fisonomía del arte museológico fue recreada y representada con verosimilitud, osadía e indudable valor patrimonial en la temprana etapa de la colonia en Cuba. Desde esa misma época, la isla bañada por las aguas del Caribe insular, mostró en la creación de los museos, el deseo infinito por desarrollar a las comunidades y sus regiones en torno a la búsqueda de la investigación y la historia local.
Según los propios registros de los archivos históricos, reza en sus anuarios, que finalizado el siglo XIX fue abierto el primer museo-biblioteca municipal en la ciudad de Santiago de Cuba, específicamente el 12 de febrero del año 1899, gracias al interés personal de Don Emilio Bacardí Moreau, y con el apoyo de varios de sus colaboradores.
Luego, vendrían otros nuevos espacios a caracterizar la historia local y el anecdotario holístico de la tradición de la historia. Habitarían en los lugares más inhóspitos y genuinos, el saber de lo que aún está por descubrirse y conocerse. Aquella grata experiencia de orfebre en el registro de la memoria, como tanto defendiera con la pasión del trabajo Emilio Roig de Leuchsering, primer Historiador de Ciudad de La Habana, en el año 1935, y que luego tendría en el Dr. Eusebio Leal Spengler a la más perfecta armonía de la práctica con la sabiduría, junto a la cualidad de la oratoria y el hábito de la crónica.
Puede afirmarse que cada 18 de mayo, se preconiza a la fuerza musical del alma de los museos. A la nota más precisa que como sinfonía libera la gracia y la luz que delata al más harto de los eruditos o al más dionisíaco de los aventureros.
Excelente manera de mostrar una labor, que instruye y educa, que articula el arte con la imaginación, que sugiere e interroga, que definitivamente nos permite viajar como una máquina en el tiempo por el misterio de la belleza.
Monólogo que emerge de la trascendencia cultural a la más intrigante metáfora de la esencia de ser y pensar a la historia y el patrimonio. Como mismo aquella campana de la Demajagua, el toque a degüello, el canto a la Bayamesa, o sencillamente las cartas del eterno Martí.
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