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82 veces Enrique Pineda Barnet

28 de octubre de 2015

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Para algunos, Enrique Pineda Barnet, ese habanero recalcitrante, nacido hace ochenta y dos octubres, es solo el Pygmalión que descubrió una faceta inusitada en la actriz Beatriz Valdés y la transformó en su (nuestra) Rachel cinematográfica. Según los más informados es quien posibilitó que Tomás Gutiérrez Alea, recién llegado del Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, pudiera entrenarse en el manejo del humor y la dirección de actores en Cine-Revista. Muchos ignoran que fue aquel primer joven que se presentó para inscribirse ante la convocatoria para maestros voluntarios, y José Massip lo filmara allá en la Sierra Maestra en El Cilantro con una barba recién estrenada.
Cercano a los escenarios, cuando se incorporó al ICAIC en aquellos tiempos fundacionales, fue el único en advertir la necesidad de registrar la pujanza del movimiento teatral cubano en unos pocos minutos en esas ediciones de la serie didáctica «Enciclopedia Popular», gracias a los cuales podemos admirar escenas de las puestas antológicas de Fuenteovejuna y Aire frío. En el ardor de esos áureos años sesenta fue guionista junto al dramaturgo argentino Osvaldo Dragún de Crónica cubana (1963), dirigida por el uruguayo Ugo Ulive y junto al poeta soviético Evgueni Evtushenko integró la aventura que culminó en Soy Cuba, de Mijaíl Kalatózov, un título maldito en su momento y hoy filme de culto en todas partes.

 

“Soy Cuba” (1964)

 

Para entonces, casi sin saberlo, había devenido pionero del videoarte iberoamericano al aprehender la impronta del rumano Sandú Darié en el documental Cosmorama (1964), y a continuación se atrevió nada menos que a filmar ¡en Blanco y negro! su visión de un paradigma del ballet romántico y polícromo, Giselle, para que cada espectador aportara sus propios colores mientras se concentraba en la maestría de Alicia Alonso. Años más tarde retomaría el universo de la danza en su Ensayo romántico (1985). Luego de aproximarse con su cámara a La Gran Piedra (1965) en Santiago de Cuba esbozó el retrato de un héroe, Frank País, desde disímiles puntos de vista en David (1967), un título pletórico de modernidad, aún pendiente de redescubrir en toda su dimensión y trascendencia. Las figuras del Che y de nuestro Guillén, como también los Versos sencillos martianos musicalizados por Pablo Milanés o el mundo particular del rodeo no han estado ajenas a sus inquietudes y su filmografía, como tampoco las posibilidades de explorar con elementos experimentales aspectos críticos de la realidad criolla en los grisáceos años setenta en Ñame, M-S (Mejor servicio) y Juventud, rebeldía y revolución, trilogía que no fue muy bien vista en su momento y tardó en ser exhibida.

 

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Fotograma de “Mella” (1975)

 

En la década del 70 también legó un audaz acercamiento a otra figura histórica en Mella (1975), sin vacilar en acudir al distanciamiento brechtiano para perfilarla en toda su estatura y contradicciones. Dos años después, mientras integraba el equipo de realización del largometraje documental La sexta parte del mundo, las repúblicas de Estonia y Letonia donde le correspondió filmar su segmento, propició que mostrara además, Rostros del Báltico (1977). Sus indagaciones en personalidades de nuestra historia culminaron al cierre de ese decenio con Aquella larga noche (1979), retrato de esas dos mujeres avitualladoras del Ejército Rebelde que murieron sin hablar y nos descubriera para el cine a esa gran actriz que es María Eugenia García. Sin embargo, las circunstancias que rodean la historia sentimental de una joven pareja, en medio de los tensos momentos de la crisis de octubre de 1962 le permitió aprehenderlas en Tiempo de amar (1981), su primera aproximación a nuestra literatura antes de convertir Canción de Rachel, de Miguel Barnet, en La bella del Alhambra (1989), tras un fructífero período en tierras boricuas.

 

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“La bella del Alhambra” (1989)

 

Ese perenne afán de experimentación nunca le ha abandonado y con el Taller Arca-Nariz-Alhambre, generó: El camello en el ojo de una aguja (1977), First, como nosotros mismos (1977) o Los tres Juanes (2000), por apenas citar las primeras obras producidas por ese auténtico laboratorio audiovisual. Con el nuevo siglo nos sorprendió por el modo en que se las ingenió para sintetizar en apenas 45 minutos en el documental El Charentón del Buendía (2008), el inconmensurable proceso creativo del colectivo teatral que dirige Flora Lauten en la prodigiosa puesta en escena del Marat-Sade de Peter Weiss. Paralelamente, las provocaciones de un cuadro de Antonia Eiriz le sugirieron el título definitivo de su largometraje de ficción La anunciación (2009), filmado en la propia esquina del edificio ICAIC, con un equipo de rodaje y un presupuesto ínfimos a tono con las exigencias de los tiempos.

 

Los actores Verónica Lynn, Broselianda Hernández e Isamel Diego en una escena del filme con Enrique Pineda Barnet

Pineda Barnet con los actores Verónica Lynn, Broselianda Hernández e Isamel Diego durante el rodaje de “La anunciación” (2009)

 

Verde verde (2012), proyecto que arrastró durante mucho tiempo, es una suerte de puente fassbinderiano, como esos que le apasiona establecer a Enrique Pineda Barnet con esa vocación oculta de arquitecto. Este 28 de octubre arriba a su cumpleaños número 82 este hombre de exquisita sensibilidad, que no pudo filmar Bolero rosa y ha dejado tantas películas sobre el papel, frustradas por enemigos y envidiosos –que, por supuesto, no le han faltado como a toda persona de talento–. Nos convoca la obra de toda una vida que le hizo merecedor del Premio Nacional de Cine en el 2006, pero también, y parafraseando a Martí en su presentación de La Edad de Oro, muchos nos vanagloriamos en expresar: «¡Este hombre no solo de La bella del Alhambra, es mi amigo!».

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