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Foujita en La Habana (I)

13 de mayo de 2024

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Le llamaban el don Juan de ojos oblicuos de Montparnasse. Dicen que su figura era estrafalaria en extremo y que llamaba la atención por lo exótico que se mostraba ante el gran público parisién. Que se pasaba largas horas acariciando a su gato, leía poesías en voz alta en los cafés, llevaba un reloj tatuado en su muñeca y sus pantalones eran de color fresa y sus botines blancos.

Entonces no hay porque extrañarse cuando el famoso pintor japonés visitara Cuba por primera y única vez, en 1932, que despertara tamaña curiosidad, no sólo en el mundo artístico, sino también en los profanos, quienes no salían de su asombro ante tan insólito personaje que circulaba como si tal cosa por las calles de nuestra capital.

“(…) De aretes, cerquillo, ojos oblicuos, espejuelos de carey, bigote microscópico, faja y camisa multicolores y sandalias orientales, -como lo describe a la sazón la revista “Social”, dirigida por el caricaturista Massaguer-, el nombre de Foujita, mencionado junto a los grandes de la plástica universal como Picasso, Modigliani y Diego Rivera, alcanza notoriedad en la Isla, y en la que –según José Antonio Fernández de Castro- “no suelta el lápiz y en una libretita lo deja todo consignado. Sus cuadros son retratos, parques, calles, casas, con predominio del dibujo. Y todo envuelto en la atmósfera de su tierra, mezclado con polvo de otras tierras”.

Nacido en Edogawa, en 1886, Tsougouharu Foujita egresó en 1910 de la Tokio Imperial Academy of Fine Arts, y tres años más tarde se establece en París, donde alcanza gloria y fortuna, y su estudio –según don Alejo Carpentier, en 1929- “es una mezcla singular de tienda de trastos y aldea japonesa. El paisaje nipón es evocado por la cocina instalada en una suerte de cabaña en uno de los ángulos del atelier. En ella oficia el chef del pintor –rara amalgama de profesor de jiu-jitsu y cocinero. Un gong, varios faroles de papel y las piezas de una vajilla diminuta, complementan el exótico rincón. Contra las paredes hay centenares de lienzos acumulados. Las mesas tienen unos pocos centímetros de alto. Los tinteros, pinceles y tubos de color, yacen por doquier”.

Ya para entonces su figura endeble y extravagante es muy conocida, mas no por ello olvida a sus amigos, escritores y pintores latinoamericanos, entre quienes había algunos cubanos, a quienes les da la palabra de visitar la Isla: “Iré, cualquier día me decido y voy”.

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Antes viaja a Japón para reencontrarse con su familia e inicia un recorrido por el continente americano. La posibilidad de su llegada a la Isla empieza a comentarse por nuestros medios. En marzo de 1931, mientras el pintor nipón se encuentra en Nueva York, exponiendo sus obras, aparece un artículo en la revista “Social” titulado “¿Foujita en La Habana?”, ilustrado con tres piezas del artista, en el que se vaticina: “¡Foujita llega! Este príncipe del buen dibujar, este formidable hacedor de gatos y grisetas, sí bajará a La Habana, para captar en su paleta los rojos del trópico y el ocre vivo de nuestras criollas”.

Habrá que aguardar, sin embargo, hasta el 28 de octubre de 1932 cuando –luego de haber visitado Bolivia, Perú, Argentina y Brasil– arriba al puerto de La Habana en el vapor Santa Clara, acompañado por Madeleine, su musa de entonces, “una rubia francesita, flor que para decorar su atelier cortara el artista hace algunos años del cosmopolita jardín de Montparnasse”, y cumpla con la propuesta hecha por sus amigos cubanos, entre los que se encuentran Carpentier, Massaguer, Sicre, y Maribona; este último, por cierto, fue quien más tiempo permaneció a su lado en visitas a centros culturales y encuentros con escritores y artistas, así como en los cafés al aire libre del Paseo del Prado y en el teatro Alhambra, donde el japonés se deshizo en elogios ante “la linda y voluptuosa criolla que baila la rumba en deshabillé”.

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