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Conozca a Floridito, personaje del libro “Fuego y Humo en La Habana”

6 de julio de 2023

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Calle de Obispo Samuel Hazard, 1871

Calle de Obispo, Samuel Hazard, 1871

 

A principios del siglo XIX sucede un acontecimiento que en lo adelante nos auxiliará en la narración de la historia culinaria o gastronómica habanera. De hecho, pocos habitantes de la capital cubana conocen a un simpático duendecillo que acumula muchos años. El conjuro que manifiesta su nacimiento se explica si tenemos en cuenta que el lugar investido para el suceso constituía, desde siglos atrás, inevitable referencia de fascinación en la vieja Habana colonial. Era un paraje emblemático, donde confluían puertas de entrada y salida de la ciudad hacia extramuros, que abrían o cerraban el paso a través de la muralla protectora a centenares de personas que transitaban permanentemente alrededor de comercios y vendutas a lo largo de las calles que se unían en ese punto (Obispo, Monserrate y O’Reilly). Separado de la puerta de Monserrate, existía un bodegón que ofertaba diversos géneros alimenticios. Y es en 1817, cuando sus dueños le denominan La Piña de Plata —primer nombre que tuvo el ahora célebre bar-restaurante Floridita— en honor a la majestad de las frutas tropicales.

Cuando nuestro personaje toma definitivamente el estado etéreo, vagó un tiempo de un lado a otro desconcertado, sin conocer la misión que le correspondería en la entusiasta localización donde se había producido el ensalmo. Estando en esa condición se le acercó trabajosamente el viejo y sabio duende aborigen, sin nombre conocido, que durante largos períodos había permanecido cerca del ceibo frondoso que marcó el punto fundacional de San Cristóbal de La Habana, y más tarde, cuando el árbol feneció al paso del tiempo, a la vera de la columna que lo sustituyó como asiento de referencia de la misa y primer cabildo que dio fe del acto inaugural.

El longevo duende le explica que tiene la tarea de apadrinarlo y señalarle su ocupación, consistente en vagar permanentemente por las cercanías de La Piña de Plata. Y para refrendar la intención trata de modo infructuoso de nombrarlo con algún apelativo que lo defina y denote la significación del territorio escogido para que mirara la luz que ven los duendes, que es igual, pero diferente, a la que aprecian los humanos. Decididamente, el anciano duende no acertó a escoger un apodo que viniera al caso, y posponiendo el propósito, le encomienda y advierte: «Por siempre, serás celoso y entusiasta admirador silente del recién inaugurado establecimiento que homenajea la piña, la reina de las frutas cubanas. La Piña de Plata verá largos tiempos de discreto andar, y luego, se proyectará hacia todos los confines, cambiará de nombre, y entonces, en un soplo que durará segundos, te percatarás que es el momento que te autonombres».

Consumada la peroración, el venerable veterano hizo un gesto sugiriendo que su tarea instructiva había concluido, se acomodó como pudo en el rellano del tejado de La Piña de Plata y esperó sin impaciencia la reacción del pequeñín que haciendo honor a su cortedad, no expresó emoción alguna. Entonces, aprovechando la pausa, el centenario o quizás milenario gnomo, hizo partícipe al infante de un sinfín de experiencias vividas.  Tras la cháchara reveladora, silenciosamente, como había venido, se ayudó con una leve brisa que corría a lo largo de la calle Obispo y deslizó tranquilamente a ocupar su espacio por allá, en lo que pocos años después, con la construcción en sus predios de un pequeño templo grecorromano, se conocería como El Templete.

El duendecillo, que por más de un siglo llevó a cuestas la incógnita sobre su nombre, sintió de pronto que muchas cosas habían cambiado. Casi sin darse cuenta su mundo se había transformado desde aquellos ya lejanos tiempos cuando cautivado pasaba horas y horas en las angostas calles de la vieja ciudad o en los alrededores del puerto, descubriendo las primicias que le traían el novedoso paisaje. Y como un sobresalto, súbitamente, vinieron a su mente las palabras del viejo duende del ceibo ancestral. Convencido que el momento anunciado casi un siglo atrás había llegado, sin pensarlo mucho, decidió y escogió, para autonombrarse de una vez por todas, jugar con las palabras del nuevo apelativo del establecimiento que creció cercana y entrañablemente junto a él. En un esfuerzo mental inusitado e inédito, invocó al Registro de Nombres de los duendes. Para su sorpresa, surgió de la nada un personaje grácil y amable, quien con marcada ligereza y competencia tomó nota de su empeño y le conminó a definir el apelativo por el cual sería conocido a partir de aquel minuto. El duendecillo ya mentalmente había seleccionado este y con rapidez le contestó emocionado: ¡Floridito!

 

*(En proceso de impresión por Editorial Ediciones Cubanas)

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